La atropellante actuación de los policías que, armas en mano, acudieron al palacio de justicia de San Francisco de Macoris a "rescatar" a un agente procesado, remarca la ley de la selva prevaleciente en la República Dominicana.
Los agentes no hicieron otra cosa más que utilizar su poder. Como han visto que lo hacen sus superiores, desde su comandante en jefe en adelante.
La tropelía policial asemeja al comportamiento de ciudadanos que toman la justicia por sus propias manos, o linchan a un delincuente en cualquier barrio.
Estamos en la selva dominicana.
De arriba a abajo, se impone el uso de la fuerza, del poder, del abuso. Es mal ejemplo que le han dado a la colectividad sus dirigentes, sus gobernantes.
Es el impedimento de salida que abusivamente coloca de manera administrativa el Procurador general de la República contra el gerente general de elsiglo21.
Es el dinero de un pueblo pobre y necesitado dilapidado en francachelas, viajes, parrandas de funcionarios, queridas y allegados.
El asalto policial al palacio de justicia puede compararse al asalto de los funcionarios corruptos de este gobierno al erario público.
Unos utilizan sus armas en las manos, otros el blindaje que les proporciona la impunidad ante la corrupción.
Frente al comportamiento desbordado de mandantes, dirigentes, tropas y comandantes, reacciona indignada la ciudadanía atónita.
La indignación colectiva se trueca en manifestación que cobra cuerpo día a día en el disgusto generalizado.
El colectivo social dominicano se estremece de indignación ante la barbarie desatada, desenfrenada, que atrajo la impunidad, retrotrayéndonos a las cavernas.
Se impone la ley del más fuerte.
Vivimos la ley de la selva.
Tal vez porque todas las demás leyes han sido violadas, solo restan esas dos que enseñan los mandantes. Pero ya está bueno. Llegamos demasiado lejos.