Los haitianos poblaron los campos que nosotros abandonamos.
Emigramos de la zona rural que ahora necesita que la pueblen inmigrantes de Haití.
Creamos grandes conglomerados en otros países, al tiempo que perdíamos nuestro suelo.
Los haitianos pueblan mayoritariamente parte del territorio nuestro. Nos han invadido. Ya suplantaron hasta la mendicidad callejera, redes y negocios aparte.
Extraños en territorio ajeno, dentro de poco nos sentiremos también extraños en el propio.
Empezó la historia con la aspiración compartida por todo humano de una mejoría.
A nosotros la mejoría se nos dibujó en dólares ganados en Norteamérica.
A los haitianos en el trabajo ocasional de la zafra azucarera.
Abandonó el hombre de campo su huerto, dejó de labrar la tierra por falta de condiciones.
El terrateniente adquirió la mano de obra haitiana a cambio de la comida.
El bracero contratado, eventualmente cambió el campo de caña para trabajar sin condiciones, en la finca que protegía su ilegalidad migratoria.
De ahí, sin la vigilancia militar y con el contacto citadino, a trabajar en la construcción, si no obrero mal pagado en la zona urbana.
Al amparo del desorden colectivo se multiplicaron los casos, y trajeron sus familias cuando no hicieron una propia aquí.
Otro tanto hizo el dominicano radicándose en otros territorios.
Allá quedamos convertidos en minoría, las más de las veces padeciendo la discriminación racial que aisla y cohibe.
La ilusión del emigrante dominicano fue siempre la de retornar a esta tierra que se nos va de las manos.
La compensación migratoria que aprovecharon los finqueros y hacendados va despojándonos del suelo en el que querríamos descansar para siempre.
La inmigración haitiana se convirtió en negocio que beneficia al hacendado en la finca, al traficante y al gobierno.
El temor, convertido en pesadilla colectiva, es que la lengua materna de nuestros nietos sea mañana patuá en lugar del español.
Si dejamos como están las cosas, sin reglas ni políticas migratorias definidas, la pesadilla se convertirá en realidad. Sin aspavientos, sin hipocresías.
Nada de nuevo hay con la crisis energética y los apagones.
Las mismas excusas para encubrir un padecimiento crónico se repiten a diestro y siniestro. Víctimas y agraciados se mantienen.
Se repiten responsabilidades e irresponsabilidades.
Los privatizadores repiten el abusivo proceder de aumentar la tarifa sin que el usuario reciba energía, encareciendo los apagones.
Eso hacía la empresa estatal en perjuicio de sus clientes.
A más apagones, más altos los cobros. Matemática ecuación repetida para lesionar a los burlados consumidores.
Promesas y frustraciones también se repiten.
Evidencian los apagones la falta de energía.
Falta la electricidad por la falta de energía.
Falta la energía contratada fraudulentamente que pone al pueblo a pagar por lo que nunca recibe.
Falta energía para enfrentar el origen de tanta contratación pecaminosa.
Espera uno que algún gobierno enfrente la crisis con la energía que falta.
Esa esperanza es compartida por más de un millón y medio de dominicanos.
Confía uno en que un próximo gobierno terminará con el abuso.
Todos estaremos satisfechos cuando un gobierno, de quien sea, enfrente y resuelva la desprovisión de los servicios básicos.
Nadie espera que el problema sea superado en tres meses, ni en seis.
Pero no quiere uno ver repetida la simulación que ha permitido que la crisis energética llegue a los extremos actuales.
Como en ningún momento los nuevos gobernantes prometieron construir tres parques energéticos como el que tenía la CDE, estarán más cerca de resolver la crisis.
Al estar en la tierra sintiendo los apagones, sentirán lo que nunca llegaron a sentir aquellos mandantes que volaban.
Sigue siendo la crisis energética como la punta del gran iceberg de los problemas dominicanos.
La misma crisis se repitió bajo el mando de aquellos que cual marisabidilla ofrecieron acabarla en tres meses, o en seis meses y en quintuplicar la capacidad generadora de la corporación eléctrica.
Entre tantas pamemas y trolerías que ni ellos mismos las creían, terminaron dejando al pueblo sumido en la misma crisis, los mismos problemas, el mismo subdesarrollo.
El pueblo quedó sin pito y sin flauta. Tan distinto a ellos...
Se suma la delincuencia rampante al largo rosario de serias incertidumbres que nos agobia.
Está el asalto "al pecho". A diestro y siniestro estremece la historia que afecta a un individuo o a una familia.
El asalto, como la criminalidad y el delito, se aprenden por el mal ejemplo que ha venido siempre desde arriba.
Trasmina a la sociedad el mal ejemplo gubernamental de violación a las leyes y a la Constitución. Y la impunidad del delito político.
Permea el poder cada intersticio de esta sociedad.
Así como el asalto, la criminalidad y el delito, se aprende la violencia. Y la hipocresía.
Nadie está exento de que tanta inseguridad toque sus puertas.
Dudo que tenga asidero la salida fácil de atribuir la serie delincuencial a la repatriación de "dominicanos" criados y formados en los Estados Unidos.
La criminalidad también se ha globalizado.
Así que ni falta hacía que nos enviaran tantos delincuentes formados en Norteamérica para presenciar esto que padecemos.
Me inclino más bien al aprendizaje de los hábitos perniciosos de los de arriba para explicar lo que pasa.
La impunidad propicia el crimen y el delito.
La impunidad de algunos mandantes es el mal ejemplo que estalla en el cuerpo social dominicano.
El desacato a la ley se aprende.
El consumidor asaltado por la caprichosa y abusiva tarifa del básico servicio que mal recibe, está expuesto ahora también al asaltante callejero.
El contribuyente obligado a pagar en dólares el impuesto que se fijó por decreto tiene que pagar también a pillos y ladrones.
Como el mal empieza arriba, desde arriba vendrá la solución.
La ausencia de contrapoderes y la debilidad institucional permiten que obren a su antojo los mandantes.
Para mí no solamente estos mandantes tienen culpa de lo que vemos.
A lo sumo tienen la culpa de haberse quedado en sus círculos de estudio, analizando la realidad social, sin acabar su gestión.
La marisabilla organización opositora frustra hasta a sus defensores por sus ineficaces actuaciones.
Pero le queda tiempo para fortalecer la institucionalidad, dándole vigor a la separación de poderes establecida y permitiendo la existencia de efectivos contrapoderes.
Ese buen ejemplo tan esperado lo percibirá la sociedad, envuelta ahora en la criminalidad y la violencia aprendidas --que no traidas de ningún otro lugar--, causantes del estado actual de inseguridad que alarma.