Trapiches: Guardianes de la Memoria Azucarera Dominicana
Preservar los trapiches es preservar una parte vital de nuestra memoria nacional. La caña de azúcar, introducida por los españoles a finales del siglo XV, transformó profundamente la historia económica, social y cultural de La Española. Durante siglos, fue fuente de riqueza, trabajo, conflictos y tradiciones, con el trapiche como protagonista silencioso.
Un trapiche es un molino artesanal diseñado para exprimir la caña y extraer su jugo. Con este guarapo se elaboraban productos como miel de caña, melcocha, raspadura o panela y melaza, que durante generaciones formaron parte de la dieta diaria de miles de dominicanos.
Los primeros trapiches utilizaban rodillos de maderas resistentes, como el guayacán o el roble. Inicialmente, eran accionados por la fuerza humana y, más tarde, por bueyes o mulos que giraban alrededor del molino. El jugo caía en grandes recipientes, donde era hervido y vertido en moldes para convertirse en dulces que aún evocan la infancia de muchos.
La historia de este artefacto está documentada en el libro ‘Los trapiches y el cultivo de caña en San José de Ocoa’, del investigador Milcíades Mejía. Mejía, un científico dominicano de prestigio internacional, ofrece un análisis detallado y riguroso sobre el tema.
El autor explica que los primeros esquejes de caña traídos por Cristóbal Colón no prosperaron en La Isabela. Sin embargo, Pedro de Atienza introdujo nuevas plantas de las Islas Canarias que encontraron condiciones favorables en La Vega, donde el cultivo comenzó a desarrollarse con éxito.
El libro también sigue el recorrido de la caña hacia las montañas del sur, especialmente a El Maniel, habitado por esclavos cimarrones. Mejía analiza varias hipótesis sobre la llegada del cultivo a esa región, destacando la influencia de inmigrantes canarios y familias de Matanzas y Sabana Buey.
Especial interés despierta el análisis sobre por qué el cultivo perdió importancia en La Vega mientras prosperaba en el sur. Mejía no solo describe los hechos, sino que los explica con documentación histórica, geográfica y agrícola, permitiendo al lector comprender los factores detrás de esta evolución.
El mayor mérito del libro es recordarnos que la historia de un país no solo se escribe desde los grandes palacios o decretos oficiales. También se construye alrededor del humo de un trapiche, del olor del guarapo hirviendo y del esfuerzo de quienes trabajaban la tierra.
Mientras algunos de esos viejos trapiches aún sobreviven como testigos del pasado, visitarlos es un encuentro con una parte esencial de nuestra memoria nacional, que merece ser preservada antes de que el tiempo la borre.
