La Alarma de la Violencia Infantil en la República Dominicana
Un reciente informe elaborado por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha sacado a la luz una problemática que afecta profundamente a la sociedad dominicana: la violencia contra niños, niñas y adolescentes en América Latina y el Caribe. Este estudio revela una realidad inquietante que no puede ser ignorada.
El análisis, centrado en la violencia contra menores en 2025, abarcó siete aspectos cruciales, incluyendo el maltrato físico, la violencia sexual, uniones tempranas, métodos violentos en la crianza, trabajo infantil, inscripción tardía del nacimiento y suicidio. Los resultados fueron alarmantes: el 76 % de las adolescentes entre 15 y 17 años reportaron haber sufrido violencia, y un 52.2 % mencionó haber sido víctima de violencia sexual, con un 45.5 % experimentando agresiones en espacios escolares.
La investigación destaca que el 63 % de los menores en el país ha sufrido violencia en sus hogares o escuelas, superando la media regional de América Latina y el Caribe, que es del 60 %. Esta cifra es un recordatorio de que, a pesar de la imagen turística de país alegre y hospitalario, la realidad de muchos niños es de abusos y maltratos.
El contraste entre la percepción externa y la realidad interna plantea serias contradicciones. Es necesario cuestionarse cómo una nación conocida por su calidez permite que sus niños crezcan en un entorno de violencia. El fenómeno está culturalmente normalizado, con prácticas disciplinarias violentas que se perpetúan de generación en generación, incluso defendidas por algunas figuras públicas.
Ante este panorama, el Estado dominicano enfrenta el desafío de implementar políticas públicas efectivas y sostenidas que promuevan una crianza positiva, protegiendo a los menores a través de sistemas integrados de salud, justicia y educación. Las familias, por su parte, deben reflexionar sobre sus métodos de crianza para fomentar valores de respeto y responsabilidad.
La experiencia de otros países demuestra que es posible cambiar esta realidad. En Colombia, programas de fortalecimiento familiar han mantenido a los niños con sus familias; en Perú y México, la participación infantil ha empoderado a los menores para denunciar abusos; y en Brasil, redes comunitarias han creado entornos protectores en escuelas y barrios.
La República Dominicana no puede aspirar a un desarrollo integral mientras su infancia permanezca atrapada en la violencia. Es imperativo que todos los sectores de la sociedad contribuyan para asegurar un futuro mejor para los más jóvenes.
