El azar detrás de la creación de los fósforos de madera hace dos siglos
En el año 1826, un casual accidente protagonizado por el farmacéutico inglés John Walker revolucionó la forma en que se generaba luz y calor. Walker, quien no sospechaba el impacto de su hallazgo, logró prender un palo impregnado con una mezcla química al golpearlo contra una piedra, marcando un antes y un después en la historia de la humanidad.
Walker había nacido en Stockton-on-Tees, una ciudad portuaria de Inglaterra que florecía durante la Revolución Industrial. A pesar de los avances en el transporte con la llegada de locomotoras de vapor, encender fuego seguía siendo un desafío que requería técnicas tradicionales y poco prácticas, hasta la aparición de las cerillas.
Originalmente un cirujano, Walker se orientó hacia la farmacia debido a su descontento con los procedimientos médicos de su tiempo. En su laboratorio, mientras mezclaba químicos con otros fines, accidentalmente creó las cerillas, un invento que cambiaría radicalmente la vida cotidiana. Las primeras cerillas de Walker, conocidas como “luces de fricción”, eran sencillas varillas de madera recubiertas de una pasta química que se encendían al frotarlas.
Aunque no patentó su descubrimiento, su creación encontró rápidamente un mercado en Stockton. Sin embargo, las cerillas no eran del todo seguras, ya que el revestimiento de azufre podía desprenderse, causando accidentes. A pesar de estos desafíos, la idea de Walker fue adoptada y mejorada por otros, como Samuel Jones, quien lanzó su propia versión llamada “Lucifers”, facilitando la producción en masa. Este invento no solo transformó la rutina diaria, sino que también se convirtió en una fuente de ingresos para muchas familias que fabricaban las cerillas de manera artesanal.
