La Usura en República Dominicana: Un Problema Histórico que Persiste

La Usura en República Dominicana: Un Problema Histórico que Persiste

La lucha contra la usura en República Dominicana requiere acciones contundentes como la persecución de la violencia, la regulación del crédito informal y el fortalecimiento de las cooperativas. Este fenómeno, que se alimenta del miedo y la necesidad, sigue siendo una herida abierta en nuestra sociedad.

Un reportaje de la periodista Indhira Suero Acosta, publicado por Diario Libre, revela cifras alarmantes: entre 2020 y mayo de 2026, los conflictos por deudas han dejado 52 personas asesinadas y 110 heridas. Esta red financiera paralela se nutre de la exclusión y la urgencia de miles de trabajadores.

Desde mi experiencia como periodista y ex director del Instituto de Desarrollo y Crédito Cooperativo (IDECOOP), observo la usura como un fenómeno económico, un drama social y un desafío institucional. En mi libro ‘Apuntes para un plan nacional de desarrollo cooperativo’, ya advertía sobre la antigüedad de esta práctica, que ha evolucionado en métodos pero no en esencia.

Hoy, la usura se ha modernizado: ya no se limita a oficinas oscuras, sino que se desplaza en vehículos, utiliza aplicaciones digitales y ofrece dinero rápido a quienes la banca formal excluye. Los casos presentados en el reportaje muestran el alto costo de esta facilidad, con intereses exorbitantes disfrazados de cuotas manejables.

El problema va más allá de los intereses. El reportaje documenta amenazas, humillaciones y violencia, con armas presentes en 102 casos registrados. La usura opera en una zona jurídica gris, ya que no es un delito penal autónomo, y sus consecuencias se investigan como amenazas o agresiones.

La expansión de estas prácticas revela el vacío dejado por el sistema bancario y las políticas públicas. Muchos trabajadores y pequeños comerciantes, al no poder cumplir con los requisitos bancarios, recurren al prestamista informal, quien convierte su urgencia en negocio.

Las cooperativas, aunque no son una solución mágica, ofrecen una alternativa solidaria y regulada. Pueden democratizar el crédito y sustituir el lucro desmedido por el servicio a los asociados, siempre que cuenten con supervisión y respaldo institucional.

El reportaje de Diario Libre debe ser una alerta que trascienda la conmoción momentánea. La usura, ahora modernizada, sigue siendo una relación de sometimiento. Enfrentarla exige regular el crédito informal y fortalecer las alternativas cooperativas, porque mientras la necesidad se financie con miedo, la herida permanecerá abierta.