El Valor Esencial de los Bosques Dominicanos: Más Allá de la Sombra
La deforestación en la República Dominicana no se soluciona únicamente con la reforestación, aunque esta sea necesaria. Es crucial comprender la verdadera función de un bosque.
A menudo, al observar un árbol, solo apreciamos su sombra o sus frutos, sin pensar en su rol vital: sostener el suelo, filtrar el agua y mitigar el impacto de la lluvia. Los árboles son una infraestructura invisible que solo notamos cuando falla.
La deforestación en nuestro país comenzó con la colonización. Los colonizadores buscaban oro, y cuando este escaseó, se enfocaron en la tierra, exportando maderas preciosas a Europa durante siglos.
La isla fue vista como un recurso a explotar, no como un hogar a preservar. Esta mentalidad persistió más allá de la colonia, y el siglo XX trajo consigo una devastación aún mayor.
Bajo la dictadura de Trujillo, la industria azucarera y los aserraderos consumieron gran parte de los bosques vírgenes. No fue hasta 1966 que el Estado dominicano comenzó a tomar medidas serias para detener la destrucción, impulsado más por presiones externas que por una conciencia interna.
La tala de árboles provoca la pérdida del suelo fértil, que es arrastrado por la lluvia hacia los ríos y embalses, causando sedimentación. Este proceso silencioso afecta gravemente nuestra capacidad para gestionar el agua.
Menos bosques significan menos capacidad para absorber y regular el agua de lluvia, aumentando las sequías y reduciendo la eficiencia de las presas. Esto impacta directamente en el suministro de agua y en la agricultura.
La pérdida de nuestros bosques no solo es física, sino también cultural. Cada generación hereda un paisaje más reducido, sin conocer la riqueza que existió antes.
Es vital seguir plantando árboles, pero también es crucial entender el papel fundamental de los bosques como infraestructura. Solo así podremos proteger nuestras cuencas y asegurar un futuro sostenible.
